Crítica «El día que se Perdió la Cordura»
El día que se perdió la cordura comienza en Boston. Allí, un hombre desnudo portando en su mano la cabeza de una mujer es detenido en el centro de la ciudad la víspera de Navidad. Horas después, el doctor Jenkins, director del centro psiquiátrico de la localidad y la agente del F.B.I., Stella Hyden, especialista en análisis conductuales y perfiles psicológicos, se encuentran ante lo que creen: el mal en estado puro. Ambos se mueven sin saber qué hacer, totalmente desorientados, sobre todo a partir de un nuevo hecho aún más aterrador sucedido dos días después de aquel, en el que, al parecer, se perdió la cordura.
Javier Castillo crea una trama extremadamente compleja y difícil de asimilar, pero inteligentemente urdida, con un hilo argumental desarrollado al milímetro en capítulos cortos y con una rápida sucesión de acontecimientos. La situación en la que se encuentran los protagonistas es caótica y muy difícil de afrontar por lo anómalo e irreal. Las conductas extrañas e irracionales de determinadas personas no parecen tener explicación. A medida que se van conociendo razones y motivos todo cobra sentido. Planteamiento ingenioso, así como toda la exposición posterior que éste conlleva.
Quizás, en mi opinión, la palabra que mejor pudiese definir mejor a la novela es “tensión”. Javier Castillo la crea a niveles altos y no deja que decaiga hasta el final. Por momentos, la narración, alarmante y turbadora, pudiese parecer disparatada, demencial o rozando la fantasía. No es el caso. Todos los razonamientos aparentemente poco probables o inverosímiles, se explican perfectamente a la luz de la sinrazón. Desequilibrio mental, pérdida de control, irracionalidad, locura, alteran facultades mentales y conductas y dan lugar a hechos insólitos e inexplicables.
Castillo apuntó alto en su primera novela y acertó. Sólo la concepción de la trama ya es harto difícil. Hay quien tiene “un algo más” y se nota.